Tu voz

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Por Guillermo Ponce Puente

Fanático del cine y la literatura de género fantástico por decisión, videogamer y boardgamer por afición, DJ de closet y escritor de ficción por pasión, investigador e ingeniero por profesión. Twitter: @TivasTheWriter

Cerró su laptop mientras el aroma a café inundaba sus fosas nasales, haciéndole desear un trago más del vaso que, cuando menos, llevaba dos horas sin ser tocado. Sus papilas gustativas enviaron un mensaje a su cerebro recordándole el chocante sabor de la cafeína fría, deteniendo de golpe el impulso de mover la mano para tomar el recipiente de cartón negro colocado junto a su equipo de cómputo enviado a modo Sleep.

Su rostro se arrugó ligeramente al tiempo que le dedicaba un vistazo de desprecio a su bebida y suspiró con desgano ante la idea de formarse nuevamente en la fila para ordenar una más. Eso ya había dejado de ser una posibilidad, pues hacía poco más de cinco minutos que se había mostrado en la carátula de su teléfono móvil una notificación que le recordaba la reunión de trabajo que, para ese momento, tendría lugar en menos de 10 minutos.

Cerro el mensaje que aparecía en su pantalla bloqueada seleccionando la opción de “Recordarme cinco minutos antes” y, con su huella digital, accedió a la pantalla principal de su dispositivo. Los dos íconos que se encontraban en la parte superior mostraban, cada uno, un pequeño círculo rojo que informaba, con un número en blanco, la cantidad de mensajes que recibió mientras había estado subiendo a una plataforma de transmisión el video acerca del Islamismo en el que estuvo trabajando el día anterior y que usaría como material para compartirle a sus alumnos de la asignatura de Historia Universal.

Un poco más abajo, en esa misma pantalla, el ícono que servía de acceso a la aplicación que utilizaba para ver imágenes y fotos de diversos temas, le avisaba también que había información que podría ser de su interés y que aún no había visto. Seguramente eran los esquemas de avión de pasajeros que le servirían para ganarle la apuesta a uno de sus amigos que, muy seguro de sí mismo, aseguraba que el espacio de carga de los aviones era solamente en la parte trasera del aparato, motivo por el que, según él, siempre despegaban o aterrizaban con la trompa levantada.

A un lado, una app, marcada también con ese circulito colorado, le informaba que había cinco habitaciones disponibles para renta en algún país del medio oriente, región sobre la que, la noche anterior, especulaba junto con sus amistades en su reunión semanal de café acerca de los precios en que se podría alquilar un espacio para dormir al otro lado del mundo.

Esas y otras marcas temporales, color escarlata, que jugueteaban en el cristal, le dilataron las pupilas y una necesidad inconmensurable de borrar de la pantalla todos esos puntos colorados con números blancos se apoderó de sus manos. Una satisfacción culposa tomó control de su sistema nervioso y los músculos de sus dedos se contrajeron de inmediato para comenzar la secuencia de movimientos finos que lo habrían de llevar a la revisión de cada uno de los íconos que se encontraban adornados en su esquina superior derecha con marcas carmesí.

– Un par de minutos revisando no creo que me retrasen mucho, – se dijo entre dientes con voz decidida e intención burlona. Una sonrisa traviesa reflejó ese vicio que, aunque ya conocido, prefería mantener en estatus de no aceptado. Una frase asomó de entre sus labios con toda la gana de justificarse a sí mismo al tiempo que se encogía de hombros: – Después de todo, no estoy tan lejos –.

El micrófono integrado a su equipo móvil, a pesar de estar supuestamente en modo apagado, captó el mensaje de voz como había estado haciendo desde la noche anterior, lo procesó y, movido por un algoritmo digital, lo transmitió a una antena repetidora, desde la que viajó por el sistema de telecomunicaciones hasta llegar a una estación de trabajo ubicada en un cubículo de alguna oficina subterránea, en una ubicación definitivamente confidencial.

– ¡Ya pasan de las once! – exclamó en voz alta, preocupado por la hora. Tomó la laptop con una mano y con la otra, se colgó la mochila al hombro en un ágil movimiento, al tiempo que se preguntaba cómo es que esos quince minutos de su tiempo se habían diluido con una rapidez tal que pareciera que solo habían transcurrido dos. Unos segundos más tarde, su imagen apresurada atravesando la puerta con paso acelerado y su voz maldiciendo el retraso que ahora llevaba arrastrando consigo, quedaban solo como un mero recuerdo para quienes presenciaron su salida intempestiva del establecimiento.

En aquel escritorio subterráneo, un bufido burlón acompañó a la sonrisa retorcida que se dibujó en el rostro del analista de datos que, ensimismado, escuchaba a través de sus audífonos la lista de improperios que arrojaba sin pudor en su trayecto a su junta, aquel que llegaría tarde, el mismo que, a través de su comportamiento en internet, había activado una alerta de seguimiento en fase inicial.

Una curiosidad insana camuflada de “cumplimiento del deber” lo llevó a revisar más allá de un rostro en fotos de redes sociales y una serie de mensajes de texto que ahora aparecían en su pantalla, acompañando a esas banderas de alerta que mostraban los elementos que combinados habían llevado a la revisión detallada del sujeto vigilado. Presionó un par de símbolos en su teclado y una ventana de video en alta definición apareció ocupando el monitor casi en su totalidad. Se inclinó hacia adelante y, apoyando el mentón sobre ambas manos, su sonrisa se retorció un poco más.

Entrecerró un poco los ojos como si intentara ver mejor la transmisión que ahora recibía en tiempo real, divertido ante la cómica e hilarante travesía del sujeto al que le daba seguimiento mientras cruzaba las calles, una tras otra y, a su vez, sorprendido por la capacidad de una nueva tecnología 5G que ahora, por primera vez le permitía escuchar las palabrotas empatadas en tiempo real con el movimiento de los labios de quien las expresaba.

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El texto anterior, debo decirlo, está inspirado en las preocupaciones que escuché durante una de las sesiones de uno de los cursos en materia de tecnología que se imparten a docentes en la institución en la que doy clases. Después de pensarlo brevemente, me pareció que lo más conveniente era evitar ponerle una etiqueta a los motivos que llevaron a emitir dichas preocupaciones y, en lugar de ello, narrarlas más a mi estilo y con la esperanza de que tú, lector de esta revista, decidieras su validez y las colocaras en alguna clasificación.

Esta vez, como puedes darte cuenta, decidí compartir mi opinión de manera implícita, con la intención (tal vez sin éxito) de que seas tú quien le dé una interpretación al texto y a esa realidad que ya es parte de nuestro entorno, a ese día a día que nos envuelve y nos cobija de forma ambivalente, con esa mezcla de esperanza y preocupación derivada de la incertidumbre y la expectativa que producen los cada vez más acelerados avances tecnológicos.

​Muchas gracias por tu confianza para permitirnos adentrarnos en este maravilloso mundo de la ciencia y la tecnología. Recuerda que también nos puedes escribir a revistatecnotrend@delasalle.edu.mx, si quieres que tu comentario sea publicado en el siguiente número de nuestra revista.

 

Referencia de imágenes

Alejandro Pinto (2013)
Recuperada de https://www.flickr.com/photos/alejandropinto/10671466994 (imagen publicada bajo licencia Creative Commons de Atribución-No comercial Genérica 2.0 de acuerdo a: https://creativecommons.org/licenses/by-nc/2.0/).

Ikerbuffon (2013)
Recuperada de https://www.flickr.com/photos/ikerbuffon/8749548348 (imagen publicada bajo licencia Creative Commons de Atribución-No comercial Genérica 2.0 de acuerdo a: https://creativecommons.org/licenses/by-nc/2.0/).