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Fanático del cine y la literatura de género fantástico por decisión, videogamer y boardgamer por afición, DJ de closet y escritor de ficción por pasión, investigador e ingeniero por profesión. Twitter: @TivasTheWriter

Milagros
Por Guillermo Ponce Puente

El despertador me avisa que ya llegó un nuevo día y es momento de activar los músculos que me llevan aún entre sueños a salir de las sábanas. Por fin me decido a levantarme y me dirijo a la cocina, encendiendo un par de luces a mi paso para evitar algún accidente que termine en improperio vocalizado.

En silencio, enciendo mi portátil, mientras en la cocina escucho cómo mi cafetera color rojo me prepara la bebida caliente que suele acompañar mis mañanas. En los segundos que tarda en arrancar el sistema operativo, enciendo mi dispositivo móvil para darle un vistazo rápido a la pantalla y confirmar si tengo alguna notificación sobre mensajes pendientes de responder.

Presiono un botón y le pido a Alexa que toque música para despertar. Ella me responde con voz alegre, como si me conociera (quizá me conozca mejor que yo), confirmando que ya encontró lo que busco y, después de desearme un buen día, guarda silencio, para, entonces, comenzar a sonar una lista de melodías que no me resultan ajenas.

Deslizo ágilmente las yemas de mis dedos por la pantalla táctil para responder un par de mensajes y aceptar un par de solicitudes de amistad mientras tarareo la tonada de una canción del ahora desaparecido dueto Daft Punk.

Una alarma atrae mi atención al avisarme que el pan ya está tostado, así que tomo las dos rebanadas y las coloco en un plato. Decido abrir el refrigerador para tomar el frasco de mermelada de zarzamora y, justo en ese momento, suena el intercomunicador. Mientras respondo, doy un vistazo rápido a la imagen que muestra una app en mi teléfono celular, obtenida de cámara de seguridad del acceso principal. Después de escuchar de quién se trata y pedirle a esa persona que surta la misma cantidad que hace un par de meses, presiono el botón que me permite darle acceso al edificio al servicio de gas de tanque estacionario.

Regreso a mi labor, después de untar la jalea en lo que será únicamente un bocadillo previo al verdadero desayuno, aprovecho que dejo el envase nuevamente en su lugar para tomar una pieza de fruta, la cual he decidido que hoy terminará en el fondo de la licuadora, acompañando al cuarto de leche entera que vaciaré tan solo en unos segundos más.

Conecto al enchufe, el contacto del aparato y presiono el interruptor que activa la segunda velocidad. El sonido de las aspas girando con las revoluciones suficientes para licuar el contenido se ve mezclado con un golpeteo amable en la puerta. Tomo mi cubrebocas, quito el cerrojo y giro la perilla. El gasero me informa que ya se ha surtido la cantidad solicitada, así que tomo mi cartera y saco de ahí la tarjeta de débito para efectuar el pago, aprovechando la terminal portátil que el señor trae consigo una vez más. Cerrada la transacción, nos despedimos amablemente, guardando distancia como es debido, entonces cierro nuevamente la puerta.

Mi pseudo desayuno está listo, me acomodo en la barra con la laptop frente a mí, el café a mi derecha y el plato justo frente a esta. Comienzo a revisar las noticias más relevantes del día anterior, navegando en internet gracias al servicio de WiFi que tengo instalado.

Me detengo en el anuncio de que han llegado grabaciones de audio en Marte. Comienzo a leer la nota completa. Me deleito ante el asombro que me causa el poder observar las imágenes en 360 grados tomadas en un planeta que está a más de 54 millones de kilómetros de donde estoy, acompañadas además de su propio soundtrack, de esos sonidos grabados allá por el Perseverance y su compinche, el Ingenuity. Con una sonrisa ufana me digo en voz alta “esta dupla seguro dará mucho de qué hablar durante los próximos años”.

Sigo leyendo hasta el final de la nota mientras pienso que este sí es un verdadero milagro tecnológico, digno de recordarse, opacado, quizá, por la vacuna ya disponible.
Entonces, de pronto me detengo al escucharme y giro mi cabeza hacia un lado mientras repaso uno a uno mis movimientos desde el momento en que me desperté. Unos segundos después y mirando al piso, sonrío una vez más, ahora mientras me pregunto cuántos otros milagros diarios de la tecnología habré dado por sentados.

Referencia de imágenes
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Pexels (2016)
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The Digital Artist (2018)
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